El palacio Arzobispal

Este Palacio está ubicado junto a la catedral en la Plaza Bolívar en la carrera 7 n º 10-20. y enfrente, en la parte inferior de la calle 10, es el Colegio de San Bartolomé en la carrera 7 n º 9-96.

Historia

La idea de que los arzobispos pudieran tener una casa dónde alojarse y tener su propio despacho parroquial fue de don Antonio Claudio Álvarez de Quiñones, décimo cuarto arzobispo, natural de Alcalá de Henares, quien manejó el arzobispado entre 1.731 y 1.736, año en que murió. Antes de su muerte, compró los inmuebles contiguos a la Casa de Moneda, de propiedad del capitán José Prieto de Salazar.

Como el señor Antonio falleció antes de la construcción de este edificio, debieron ser los sucesores los que llevaron a cabo la obra de construir el palacio arzobispal. Según don Ernesto Restrepo Tirado, cuando el arzobispo Caballero y Góngora, que venía de Yucatán, entró a Santafé, el palacio arzobispal no tenía más que muebles ordinarios, habitaciones descubiertas, un carro viejo y una silla de manos.

Al encontrar el palacio en este estado, decidió amoblarlo de nuevo y empapelar por su cuenta, haciendo colocar los vidrios, puertas y ventanas que hacían falta. Mandó a poner un oratorio con altar con dos retablos, adornados con talla dorada, en los que fueron colocados dos cuadros del pintor Murillo, representando a San José y a la Virgen María.

El palacio tiene una sala adicional que es la de recibo o recepción, esta sala fue revestida en su interior con papel de lujo de la época y los estantes de la biblioteca se llenaron de importantes libros; nuevos muebles y cristalería complementaban las enormes mejoras que introdujo el arzobispo virrey.

Con la llegada de la independencia, los traumas causados por aquellas guerras y sus desastrosas consecuencias económicas demoraron la reconstrucción del palacio. De tal manera que cuando entró en 1.835 el arzobispo Mosquera a tomar posesión de su silla, el estado de la casa arzobispal era sumamente pobre.

Cuentan que al principio el edificio carecía de todo lo necesario para ser habitado por un arzobispo; sólo se podía encontrar en el fondo de un salón, muy poco iluminado, un santo solitario.

Sin embargo, y a pesar del deterioro y las incomodidades que expresaba la construcción del palacio, no impidieron que monseñor Vicente Arbeláez, dentro de sus metas planeara poder restaurar el edificio por completo, y así lo hizo en el año de 1.870.

Las obras de decoración siguieron después de la muerte de monseñor Arbeláez, hasta 1.930. Sin embargo, tantos esfuerzos durante tantos años en la transformación del edificio de los arzobispos sufrió grandes pérdidas a causa del gran incendio que abrazó el centro de Bogotá, el 9 de abril de 1.948.

Después de ese incendio, para el mes de noviembre de 1.948, la señora Margarita Herrera de Umaña y su hija Inés hicieron donación al arzobispo Ismael Perdomo de la casa de la esquina suroriental de la plaza de Bolívar, llamada en la época colonial "Casa de la Aduana". Esta fue la base para la edificación de la actual casa arzobispal, cuyos estudios comenzaron en 1.949, pero luego se suspendió el proyecto.

Años más tarde, el 29 de septiembre de 1.952 fue bendecida por el arzobispo Crisanto Luque la primera piedra del edificio, con lo que se dio comienzo a su construcción. El 18 de octubre de 1.957 la casa arzobispal estaba terminada. El viernes 7 de marzo de 1.958, el cardenal Luque bendijo la casa arzobispal y de inmediato comenzaron a funcionar allí todas las oficinas de la curia primada.

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