Los humedales de Bogotá

La ciudad está dividida en 20 sectores que conocemos como localidades. En ellas hay barrios, puentes, avenidas, edificios, hospitales, escuelas y colegios. Además, se está trabajando en la conservación de lugares naturales como los humedales, un punto ecológico que su mayor importancia es hacer que podamos respirar aire menos contaminado y tener una gran reserva de agua.
  
En la localidad de Suba, el nombre de esta localidad tiene un significado maravilloso porque se deriva de dos vocablos indígenas: Sua que significa sol y Sia agua. Esta localidad fue un municipio en el que se cultivaban verduras, papa, había vacas para el sustento de la leche de la ciudad. Ahora sólo quedan unas cuantas fincas y cultivos de flores porque el resto del terreno se construyó para que hiciera parte de la ciudad. 

A pesar de eso cuenta con uno de los humedales más importantes de la ciudad de los bogotanitos, el Humedal de la Conejera. Para los que no saben, el humedal La Conejera era una hacienda que tenía una casa en los cerros, llamada el Chucho. En el año de 1.775 la hacienda fue cerrada junto con otras propiedades de los Jesuitas. Por aquel tiempo, el humedal se encontraba rodeado por bosque nativo, con arrayanes, alisos, orquídeas y otras especies vegetales que eran el hábitat de venados, conejos, ardillas, curíes, armadillos, murciélagos y muchas aves. 

A medida que pasaron los años, las personas que llegaron a ese lugar empezaron a construir mucho y el agua del lugar, que era tan limpia y se utilizaba para las viviendas, se contaminó. El humedal es alimentado por la quebrada La Salitrosa, además de las aguas lluvias recogidas por su propia microcuenca, pero La Salitrosa conduce las aguas residuales de 22 barrios, y vierte una fuerte dosis de aguas contaminadas al ecosistema. Desde 1.993, gracias a la reacción oportuna de los habitantes de ese lugar, han logrado hacer que el humedal sea uno de los ecosistemas con mayor biodiversidad de Bogotá. 

Gracias a la recuperación del Humedal La Conejera, hoy se puede decir que cuenta con más de 100 especies de aves, 7 especies de mamíferos, 26 invertebrados y una infinita variedad vegetal. Lo más importante es que se realizan visitas guiadas para los niños y niñas de la ciudad para educar a los niños a cerca del cuidado y la conservación del humedal. 

El Humedal Juan Amarillo se conoce también como humedal de Tibabuyes que en la lengua de los Chibchas significa “tierra de labradores”. Este humedal se encuentra entre la localidad de Suba y Engativá. Alberga una gran variedad de plantas acuáticas, además de un sinnúmero de mamíferos y aves nativas y migratorias, como la garza azul, el chirlobirlo o el pájaro carpintero. 

Este humedal estuvo rodeado por potreros repletos de ganado y luego de escombros de las construcciones que se empezaron a realizar en la zona. El humedal Juan Amarillo es el más grande de la ciudad. La parte norte está a cargo de la Alcaldía de Suba y la parte sur a cargo de la Alcaldía de Engativá. 

Para el año 2.000 se inauguró  la planta de tratamiento de aguas residuales de El Salitre para ayudar con la descontaminación del río Bogotá y a la oxigenación del humedal. Esta zona ha tenido que recibir aguas negras (contaminadas), acumulación de basuras y la extinción de la flora y fauna a causa de la sobrepoblación del lugar que ha obligado a las personas a construir sus viviendas en ese lugar. 

Otra localidad que cuenta con humedales es Engativá, allí podemos encontrar el Humedal del Jaboque. Cuando Bogotá crecía, las áreas alrededor del humedal de Jaboque mantenían los cultivos de papa, maíz, hortalizas y frutales, afectados en ocasiones por los desbordamientos del río Bogotá. 

Años más tarde empezaron a construir el Aeropuerto y la Avenida El Dorado que afectó un brazo del humedal de Jaboque, reduciéndolo, y las obras de drenaje (secado) para la construcción de la pista modificaron el flujo de agua de la zona. Al igual que todos los humedales, ésta ha sufrido la contaminación y la pérdida de sus terrenos fluviales, ya que han construido muchas viviendas y las avenidas están siendo más anchas cada día. 

Pero a la altura del barrio Riviera se puede observar cómo los patos canadienses, las monjitas y las tinguas, se refrescan y revoletean por el humedal. Este humedal que es el segundo más grande de Bogotá, y lamentablemente, debe convivir entre los escombros y basurales de las viviendas de los habitantes del sector. 

A partir del año 2.001 se ha venido recuperando este humedal que ha sido maltratado por el ser humano. Sin embargo la comunidad quiere recuperar y mantener sus más de 1.200 especies de animales y plantas y de esta manera poder seguir alimentando las aguas de los ríos Arzobispo, La Vieja y Rionegro. 

El Humedal de Santa María del Lago, este humedal también queda en la localidad de Engativá, junto a la cuenca del Juan Amarillo. Durante los primeros años de 1.900, este humedal no sólo era mucho más extenso que ahora, sino que presentaba dos zonas de agua bien definidas, y su zona de influencia era usada para actividades agropecuarias. 

Como todos los humedales de la ciudad, este humedal también se vio afectado por la construcción de vías, casas y edificios. Se tapó con desechos de construcción y basuras y fue retirada su desembocadura al río Juan Amarillo, lo ahora debe hacerse por medio de túneles subterráneos. Sin embargo, desde el año 1.998 y 2.000, la comunidad de Engativá convirtió el humedal en un parque ecológico, en el que los patos y peces se pueden ver disfrutar del lugar, también se encuentran árboles exóticos como las acacias y los arrayanes. 

Otro humedal importante de la ciudad de Bogotá es el Meandro del Say. Está ubicado en la localidad de Fontibón. Este humedal ha nacido de muchas lagunas y grandes extensiones de agua del río Bogotá. Tiene el nombre de Meandro del Say porque donde está ubicado, a un lado había una hacienda llamada el Say que pertenecía al señor José Alberto Ortiz, quien cultivaba hortalizas y papa. 

El meandro o curva del río Bogota tuvo un cambio trascendental para el ecosistema de ese lugar. En el año de 1.986 se ejecutaron obras que desviaron el curso original del río, y su cauce a partir de ese año tomó un “atajo” artificial que esquiva el meandro. En consecuencia, se disminuyó el caudal de agua en el meandro, porque él se surtía del Río Bogotá. Es decir, el meandro,  pasó de ser una curva como cualquier otra del río, a transformarse por efecto de la mano del hombre, en el humedal que conocemos.  

El tiempo fue avanzando y el número de construcción de viviendas, de industrias y bodegas ubicadas en cercanías al humedal aumentó, alterando en forma grave el ecosistema. Sin embargo, desde el año 2.000 y hasta la fecha, se están llevando a cabo campañas y actividades para recuperar el sitio en el que sobreviven aún la flora y la fauna como son los patos canadienses, guacos, alcaravanes y tinguas, entre otros. 
 

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